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¿Utilidad o snobismo?

idioma español

 

Por Florencia Borrilli

Cada vez resulta más frecuente ingresar a una organización y que las palabras en castellano se vayan diluyendo frente a un inglés casi omnipotente. A todos nos  resulta muy útil el inglés cuando, por ejemplo, tenemos que optar por términos como “feedback” o “start up” en lugar de decir “retroalimentación” o “lanzamiento”, pero la cuestión es establecer límites.

Recientemente, tuvimos que encarar una campaña de comunicación para una multinacional y nos encontramos con una nueva palabra: “findings”, para hacer alusión a ciertos “resultados”, y la sensación fue la de estar frente a un exceso de extranjerización del lenguaje en reemplazo de un idioma local, con la riqueza propia del castellano, donde sobran las palabras para expresar cualquier desafío comunicacional.

Si bien en la actualidad las empresas exigen conocimientos en inglés como una parte indispensable de los atributos que califican para trabajar mejor, el uso que se hace de este idioma excede, por lejos, su fin utilitario. Y esto se observa cuando -en los pasillos de las organizaciones- un idioma le gana al otro en las charlas entre grupos de hispano parlantes.

Creemos que la globalización del trabajo y de las empresas, en muchos casos, induce una bajada de lineamientos globales sobre el comportamiento y sobre el uso del lenguaje que, en su afán de “unificar” criterios, abusa de terminologías anglosajonas o neutras que -en el mejor de los casos- despersonalizan los mensajes. Y cuanto más propias y cercanas sean las palabras, más empatía generarán los mensajes.

Observamos lo mismo en otro canales, como la televisión y los famosos dibujos animados traducidos al “neutro” para todos los países de habla hispana, que también colaboran en el proceso de despersonalización de nuestra lengua local.

El castellano debería seguir siendo el protagonista en nuestras comunicaciones, porque si de algo estamos seguros es que la mayor parte de la población maneja más este idioma que el extranjero, y que cuanto más abusemos del inglés, más riesgos corremos de dejar afuera a una gran parte de receptores. Y como comunicadores, si de algo debemos asegurarnos, es de que nuestros mensajes lleguen a destino y puedan ser comprendidos por todos.

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